Tu piropo es acoso y, ¡sí, es para tanto!

Viernes por la tarde. Salgo de trabajar y camino como todos los días hasta la parada del colectivo para volver a mi casa. Un tipo me dice algo al pasar. No me da tiempo de responder, entonces agacho la cabeza y llena de impotencia, sigo caminando. A la cuadra siguiente la situación se repite, pero esta vez llego a responder. El hombre se ríe de mí y sigue caminado. La gente alrededor me mira mal como si fuera yo la que está en falta. Esta situación sucede miles de veces, todo el tiempo y en todos lados, y no me pasa a mi sola, nos pasa a millones de mujeres cuando tratamos de llevar adelante nuestra vida cotidiana.

Uno de los argumentos más comunes de quienes defienden esta práctica, lamentablemente naturalizada, es que aquello que muchas mujeres vivimos como violento es en realidad una forma de halago.

Para saber de qué estamos hablando, adentrémonos un poco en el terreno de las definiciones: halagar a una persona es darle a alguien muestras de afecto o rendimiento con palabras o acciones que puedan serle gratas. Es decir, que halagar es una acción marcada por el respeto, dada entre personas que se reconocen entre sí como interlocutores, como sujetos que llevan adelante una conversación y no como objetos de la misma.

Cuando nos increpan por la calle, escudándose en la inmediatez y el anonimato que caracterizan a las situaciones de acoso callejero, hablan de nosotras y no con nosotras. Esto me lleva a pensar, ¿si no les importan nuestros pensamientos, les importaran acaso nuestros deseos? Es acá donde creo que empieza el proceso de deshumanización. De manera gradual dejamos de ser personas para transformarnos en objetos. Y si somos objetos, somos tan sólo cuerpos inanimados y sin voluntad y por lo tanto somos manipulables.

Volvamos a pensar en la definición de halago y comparemos. No sé a ustedes, pero a mí me parece que la situación que describimos más arriba dista mucho de serlo.

Hay quienes insisten también con el argumento de la exageración, ¿cuántas veces te dijeron “no es para tanto”? Esta tesis hace perder de vista que el acoso callejero es el primer eslabón de un espiral ascendente de violencia hacia las mujeres que puede llegar al femicidio. Si no les importa que queramos caminar por la calle sin que nadie nos insulte, ¿les va a importar que digamos que no queremos tener sexo?, ¿les va a importar que les roguemos llorando que paren?, ¿les va a importar que dejemos de respirar? Me encantaría no tener que pensar a diario estas preguntas.

El cambio no sólo debe venir por al lado de las leyes, sino que debe ser social y cultural, para que se deje de naturalizar y legitimar la violencia de género, en todas sus formas.

Para sintetizar, si hablan de nosotras y no con nosotras, si nos hacen sentir humilladas y agredidas, si nos hacen sentir mal con nosotras misma o avergonzarnos de nuestros propios cuerpos, no nos están halagando. Así que la próxima vez que alguien te pregunte, ya estás en condiciones de responder: Sí. Es para tanto.