Por una teta

Teteada masiva. Foto: gentileza Ezequiel Clerici - Rosario3.com

Teteada masiva. Foto: gentileza Ezequiel Clerici – Rosario3.com

Una mujer aislada cuenta en su Facebook una sucesión de hechos violentos que se inicia al querer alimentar a su bebé en un espacio público. No se queda callada, no naturaliza lo prepotente y fuera de lugar del planteo que le hacen, y lo cuenta. Materializa en un relato la rabia que le genera primero el hecho de que quisieran detenerla por “resistencia a la autoridad” -por preguntar por la supuesta ley que prohibiría amamantar en público- y luego, la falta de respuestas de una entidad que debería defenderla –la comisaría donde no le tomaron la denuncia-, al considerar que no hubo delito (como tantas otras veces se lo habrán dicho a otras) por no evidenciar su cuerpo y el de su bebé registros físicos de la violencia.

Lo cuenta, tiene los medios para poder hacerlo, y pone en palabras toda la serie de atropellos vividos.

De repente, miles de mujeres la leen, se indignan y deciden no dejarlo ahí. Los “me gusta” no bastan ni cambian las cosas: el hecho debe trascender la mera virtualidad. Se mancomunan, se ponen en el lugar de la otra, se empoderan y accionan. Acuerdan salir con sus crías a protestar, a exigir, a demostrar que juntas son mucho más que cualquier institución retrógrada y aplastadora de libertades. Al imaginario popular que versa que las mujeres no podemos convivir entre nosotras, que somos falsas, traicioneras, críticas, que no tenemos “eso que los hombre sí”, le sacan la lengua, o le sacan la(s) teta(s), para ser más elocuentes.

El sábado 23 de julio se produjo en todo el país un momento de inflexión. En ronda, en tribu, miles de mujeres en medio de una quietud alentadora, desafiante, disruptiva, tomamos las calles y las llenamos de tetas visibles que chorrearon mucho más que leche, que derramaron poder y que le pusieron el cuerpo a la idea de que “si tocan a una nos tocan a todas”.

Miles decidimos visibilizar una de las instancias más profundamente personales de intercambio amoroso con nuestras hijas e hijos y, justamente por eso, a la vez más políticas. Nos endurecimos pero sin perder la ternura, claro. Estos encuentros masivos, simultáneos, evidencian aquello que podemos ser capaces de conseguir las mujeres si nos juntarnos y nos protegemos. Si tomamos las calles con convicción y hasta con algo de arrebato como aquél con el que mama un bebé hambriento por primera vez, antes de dominar perfectamente la técnica y garantizarse así la subsistencia.