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Guerra de Malvinas: “Cuando las cosas se pusieron mal pidieron voluntarias y al otro día viajé a las islas”

Norma Navarro tenía 26 años en 1982 y trabajaba como instrumentadora quirúrgica en el Hospital Militar Central de Buenos Aires. Con urgencia, su jefe le preguntó si iría como voluntaria a las Islas Malvinas donde la guerra entre Argentina y Gran Bretaña había comenzado hacía semanas y los rumores dentro del hospital pronosticaban lo peor: había peligro de que los ingleses invadan el continente.

“Teníamos que contestar en ese momento, así que me ofrecí como voluntaria. Al día siguiente ya salíamos, cuando volvimos a nuestras casas desde el trabajo preparamos el equipaje”.

Solicitaban 11 instrumentadoras, pero hubo 6 voluntarias que aceptaron sin tener tiempo de consultarlo siquiera con sus familias y sin conocerse entre ellas: la decisión fue por convicción. “Hasta ese momento no había hablado en mi casa de la posibilidad de ir a la guerra, pero tanto mi papá como mi mamá estaban contentos, aceptaron bien la idea”, relató Norma a Mujeres Urbanas.

Una de las fotos que conserva Norma Navarro junto a sus compañeras de Malvinas.

Una de las fotos que conserva Norma Navarro junto a sus compañeras de Malvinas.

La ida a las Islas Malvinas

En su mochila puso el traje de combate, una bufanda que le regaló un amigo para que la acompañe al frío de la Patagonia y una medalla que se sacó un médico del hospital en el momento en que se enteró de su partida, ese fue todo su equipaje. “Salimos al día siguiente por Aerolíneas Argentinas hasta Rio Gallegos, donde nos dieron borceguíes una campera y guantes. Desde ahí viajamos en helicóptero a Punta Quilla en Santa Cruz y después nos llevó un Sea King (helicóptero de guerra) hasta el buque hospital rompehielos ARA Almirante Irízar. En el buque no sabían que nosotras íbamos, sólo el comandante, pero la tripulación en general no, así que nos miraron con extrañeza. Además después nos cargaban con que traía mala suerte ir en un barco con mujeres”.

Aunque el plan era que las voluntarias atiendan a los soldados argentinos en el hospital de la isla, la situación se agravó y cambió su destino: “Después de unos días de navegación llegamos a Puerto Argentino y cuando teníamos que descender a tierra el coronel Ceballos, que era el director del hospital, nos informó que no íbamos a bajar porque se habían complicado las cosas y nos podían tomar como prisioneras”.

Norma Navarro en su viaje a las Islas Malvinas durante la guerra.

Norma Navarro en su viaje a las Islas Malvinas durante la guerra.

Vivir la Guerra de Malvinas

El conflicto bélico comenzó el 2 de abril, día en que el ejército argentino desembarcó en las islas para tratar de recuperar la soberanía sobre el territorio en manos de los británicos. El viaje de Norma duró 10 días en total y llegó a Malvinas en el peor momento. “En esos días no tenía noción del tiempo, los días parecían más largos. Las jornadas eran de intenso trabajo cuando llegaban soldados heridos al buque”.

A pesar de estar a 600 metros de la costa en donde los bombardeos no paraban y ver cara a cara el dolor de los soldados heridos, Norma no tuvo miedo.

“La verdad no sentía miedo. Con el tiempo me di cuenta que quizá hubiera sido más saludable en una situación así haberlo tenido”.

“Los buques hospitales a la noche tenían que estar iluminados para que no los bombardeen. El Irízar estaba pintado de blanco con una cruz roja grande en la cubierta y a cada lado. Yo tenía la idea de que como había una cruz no iba a pasar nada, tenía esa convicción”.

Argentina se rindió el 14 de junio, la noche anterior Norma estaba en la cubierta del buque mirando y escuchando lo que pasaba en la isla, la angustia e impotencia que sintió en ese momento la marcaron, tanto que no habló de la Guerra de Malvinas hasta 25 años después.

“Recuerdo hasta hoy la noche del 13 de junio, el combate que más duro. Salí a cubierta y se veía como si fuese una película: bombas que caían, el desplazamiento de los camiones por el terreno ondulado, las casas de colores, el fuego de la artillería de un lado y de otro. Escuchábamos los gomones de los ingleses pasando a los lados del buque. En ese momento pensaba que había gente muriendo, argentinos muriendo, y yo no podía hacer nada. Fue lo que a mí más me golpeó”.

La vuelta y la decepción

Las mujeres voluntarias del Irízar volvieron a Comodoro Rivadavia y de allí a Buenos Aires. Con el fin de la guerra llegó la paz y también la verdad. “En el buque no habíamos tenido contacto con nuestras familias. La información que yo tenía era que íbamos ganando”.

Norma Navarro y sus compañeras al regreso en Comodoro Rivadavia

Norma Navarro y sus compañeras al regreso en Comodoro Rivadavia

Cuando Norma regresó no sólo se decepcionó de la reacción de la gente ante la rendición, también de la invisibilización de los combatientes y el relato falaz de lo que había sido la guerra: “Pienso que realmente hubo acciones muy beneficiosas de la Argentina, pero se luchaba contra un gigante. El hecho de haber ido a una guerra fue poco pensado, era ir contra la OTAN, Inglaterra tenía ayuda de Estados Unidos y Chile”, opinó Norma sobre la estrategia del gobierno militar.

En este sentido, también recuerda la reacción de la opinión pública: “A mí hubo cosas que me cayeron muy mal cuando estaba volviendo. Los argentinos solemos ser muy triunfalistas con todo y el hecho de invadir Malvinas fue una más. Vi por televisión los disturbios que había en Buenos Aires (manifestación contra la rendición en Plaza de Mayo) y me cayó re mal”.

“De nosotros no sabía nadie, en el hospital a nosotras nos recibieron como heroínas, pero a los conscriptos los metieron en los cuarteles y los obligaron a firmar una declaración de cómo habían sido las cosas diferente a lo que habían vivido”.

El silencio y el regreso a Malvinas a más de 30 años de la guerra

No hablaba de la guerra, solo lo trivial pero lo que yo sentía no se lo decía a mi familia ni a mis amigos. Después empecé a ir al centro de ex combatientes, me enteré de muchas cosas y empecé a hablar del tema. También hice terapia y encaré el tema, lo que me hacía llorar a solas”.

Norma se preparó y junto a otros veteranos de la Guerra de Malvinas se pagaron un costoso viaje a las islas que fue movilizante y sanador: “Era algo que yo deseaba mucho pero no sabía cómo me iba a impactar. Cuando nos acercábamos con el avión a la isla vimos que esta todo militarizado con muchas zonas de hangares. Cuando llegué a migraciones fue una emoción muy grande, tuve ganas de llorar, pero no lloré. También fue bastante duro ir al cementerio de Darwin”.

“La verdad que el viaje me sirvió, me hizo muy bien ir, volví con muchas pilas. Me gustaría poder volver a ir una vez más, pero cada vez ponen más trabas. El trato no es bueno, no fueron cordiales con algunos ex combatientes que no hablan inglés. A mí personalmente no me pasó, yo tampoco dije que era veterana de Malvinas, dije que era instrumentadora”.

En las palabras de Norma se percibe su convicción de haber ido a la Guerra de Malvinas, de no poder quedarse con los brazos cruzados mientras los varones estaban en pleno combate, de la impotencia que le generó ver las explosiones a pocos metros y saber que con cada estruendo morían compañeros.

Tuviste la sensación de que no podías hacer nada por los soldados que luchaban, pero sin embargo elegiste ir como voluntaria que es lo que podías hacer y como instrumentadora ayudaste a salvar vidas…

“Nunca me lo plantee bajo ese aspecto, nunca pensé en que fui y salvé vidas, pienso que hice lo que tenía que hacer, nada más”.